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Noradrenalina periférica o central en shock séptico

En el shock séptico, esperar a disponer de un catéter venoso central antes de iniciar la noradrenalina puede convertir un procedimiento de seguridad en un cuello de botella clínico.

Actualizado31 de agosto de 2026
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Noradrenalina periférica o central en shock séptico

La hipotensión persiste, la perfusión tisular sigue comprometida y el equipo dedica un tiempo precioso a resolver el acceso mientras el paciente necesita ya soporte hemodinámico.

Por eso, la pregunta ya no debería plantearse como una oposición rígida entre noradrenalina periférica o vía central en shock séptico. La cuestión práctica es otra: cómo iniciar el vasopresor con rapidez y control por una vía periférica adecuada, y en qué momento tiene sentido completar la estrategia con un acceso central. La vía periférica puede ser una medida inicial segura y eficaz, pero no es un sustituto universal del catéter venoso central ni una autorización para prolongar indefinidamente una perfusión de alto riesgo.

En una unidad de críticos, esta diferencia cambia la organización de la atención. No se trata solamente de elegir una vena: se trata de diseñar un circuito que reduzca demoras, asigne responsabilidades y permita detectar una complicación antes de que se convierta en lesión tisular.

El cambio de paradigma: primero la perfusión, después el acceso definitivo

Las recomendaciones internacionales de la Surviving Sepsis Campaign sugieren iniciar los vasopresores por vía venosa periférica mientras se obtiene un acceso venoso central. El sentido de esta recomendación es muy concreto: restaurar cuanto antes una presión arterial media suficiente, habitualmente con un objetivo inicial de PAM igual o superior a 65 mmHg, sin esperar a que la canalización central esté resuelta.

En la práctica, la secuencia puede atascarse por motivos muy conocidos. El paciente llega con vasoconstricción intensa, edemas, obesidad, accesos previos agotados o una situación de agitación que dificulta la canalización. El profesional más experimentado puede estar atendiendo otra emergencia y el ecógrafo no estar disponible en ese momento. Mientras tanto, el equipo mantiene fluidoterapia, repite mediciones de presión arterial y observa cómo la hipotensión no se corrige.

Ese retraso no es neutro. En el shock séptico, la reanimación hemodinámica necesita adaptarse a la respuesta del paciente, al estado de la perfusión y al riesgo de sobrecarga de volumen. Si el vasopresor se retrasa únicamente porque todavía no hay una vía central, el sistema está priorizando el dispositivo sobre la necesidad clínica.

La vía periférica no rebaja el nivel de exigencia: obliga a iniciar antes y a vigilar mejor.

La noradrenalina periférica debe entenderse, por lo tanto, como una vía de inicio y transición. Permite ganar tiempo cuando la hipotensión exige actuar, pero necesita un plan paralelo para asegurar un acceso fiable, reevaluar la respuesta y decidir si el catéter central aporta ventajas adicionales.

Qué aporta cada vía en el shock séptico

La vía central continúa teniendo un papel relevante, especialmente cuando el shock persiste, la perfusión de vasopresores va a prolongarse o el paciente necesita múltiples infusiones incompatibles entre sí. El catéter venoso central ofrece un acceso más estable para el tratamiento continuado y facilita la administración de otros fármacos que pueden irritar los tejidos si se extravasan.

Sin embargo, la centralización no elimina todos los problemas. Su colocación puede retrasar el inicio del vasopresor, requiere personal entrenado y expone al paciente a complicaciones mecánicas e infecciosas propias del procedimiento. Además, en una situación de urgencia, una vía central colocada con prisas no siempre es más segura que una vía periférica bien seleccionada, correctamente fijada y vigilada.

La comparación útil es esta:

AspectoNoradrenalina por vía periféricaNoradrenalina por vía central
Inicio del tratamientoPuede comenzar de forma inmediata si existe un acceso adecuadoPuede retrasarse hasta completar la canalización y confirmar la posición según el protocolo local
Objetivo principalGanar tiempo y restaurar la presión arterial mediaMantener el soporte vasopresor cuando se prevé una necesidad prolongada o compleja
Localización preferenteFosa cubital o regiones proximalesCatéter venoso central correctamente colocado y verificado
Riesgo característicoExtravasación con lesión local potencialComplicaciones de inserción, infección asociada al catéter y problemas de posición
Requisitos de seguridadCatéter de calibre adecuado, fijación, vigilancia frecuente y protocolo de actuaciónTécnica de inserción segura, cuidados del catéter y control de complicaciones
Papel dentro del circuitoMedida inicial o transitoriaAcceso de continuidad cuando la situación clínica lo justifica
Error más frecuenteUtilizar una vena distal o mantener la infusión sin reevaluaciónRetrasar el vasopresor por esperar a disponer de la vía central

En el análisis secundario del ensayo CLOVERS, el inicio de los vasopresores por vía periférica se produjo 2,3 horas antes que cuando se esperaba al acceso central, sin diferencias en la mortalidad a 90 días. Ese dato no convierte cualquier vía periférica en apropiada ni permite extrapolar la estrategia a todos los escenarios, pero sí señala algo que en las guardias vemos con claridad: el tiempo hasta el tratamiento es una variable organizativa y clínica al mismo tiempo.

La discusión no debería centrarse en si una vía es más prestigiosa que otra. Debe centrarse en qué acceso permite tratar al paciente ahora, con qué vigilancia y durante cuánto tiempo.

La selección del acceso es la primera barrera de seguridad

Cuando se habla de vía periférica para vasopresores, a veces se resume el procedimiento en una frase demasiado cómoda: canalizar una vía gruesa e iniciar la noradrenalina. En una UCI, la seguridad está en los detalles que vienen después de esa frase.

La localización preferente es la fosa cubital o una región proximal a esta. Se recomienda evitar las venas del dorso de la mano, las localizaciones distales y, de forma general, las extremidades inferiores. No todas las venas periféricas ofrecen el mismo margen de seguridad: una vena fina, tortuosa o situada en una zona de difícil inspección puede fallar con mayor facilidad y hacer más difícil detectar una extravasación en los primeros minutos.

El calibre recomendado es 18G o superior. Esto no significa que el número del catéter, por sí solo, resuelva el problema. Una cánula grande colocada en una vena inestable, sometida a flexiones repetidas o mal fijada sigue siendo un acceso frágil. La ergonomía del puesto importa: el punto de inserción debe quedar visible, accesible y protegido de manipulaciones innecesarias.

Antes de iniciar la perfusión, el equipo debería tener una respuesta clara a varias preguntas:

  • ¿La vía está en una localización proximal y puede inspeccionarse sin retirar apósitos o dispositivos?
  • ¿El catéter tiene un calibre adecuado y está bien fijado?
  • ¿Se ha comprobado la permeabilidad de la vía según el protocolo de la unidad?
  • ¿La perfusión queda conectada a una línea identificada, sin compartirla con medicación incompatible?
  • ¿Quién realizará la vigilancia y con qué frecuencia?
  • ¿Qué actuación se pondrá en marcha si aparecen dolor, edema, palidez, frialdad o resistencia al paso?

Estas cuestiones no son una carga burocrática añadida a la emergencia. Son el diseño mínimo del proceso. Cuando no se concretan, la vigilancia queda repartida entre varias personas y, en consecuencia, puede no hacerla nadie de forma sistemática.

En mi experiencia, muchos fallos no proceden de una falta de conocimiento sobre la noradrenalina. Proceden de una distribución ambigua de las tareas: alguien asume que otro está observando la vía, alguien cambia la posición del brazo sin comunicarlo, alguien desconecta la línea para movilizar al paciente y la reconecta sin revisar el punto de inserción. El sistema se vuelve vulnerable precisamente cuando la carga asistencial es mayor.

La extravasación de noradrenalina en UCI: riesgo bajo, pero no despreciable

La extravasación es la complicación que más preocupa al equipo cuando se plantea el uso periférico de noradrenalina. El fármaco puede producir vasoconstricción intensa y, si se infiltra en los tejidos, causar lesión local. El riesgo existe; negarlo sería una mala forma de tranquilizar. Pero tampoco es razonable presentar la vía periférica como una práctica inevitablemente peligrosa.

Las tasas estimadas de extravasación descritas para la noradrenalina periférica oscilan habitualmente entre el 0,035 % y el 5 %, según las series, los protocolos y la forma de definir y registrar el evento. La mayoría de los episodios no evoluciona hacia una necrosis tisular grave ni requiere intervención quirúrgica. Esta información debe interpretarse con prudencia: una frecuencia baja no equivale a riesgo cero, y los resultados dependen de la selección del acceso y de la rapidez con la que se identifica el problema.

Hay un dato particularmente útil para organizar la vigilancia: aproximadamente el 95 % de los episodios de extravasación periférica registrados se producen después de más de cuatro horas de infusión continua. Esto refuerza una idea práctica: iniciar la noradrenalina por vía periférica puede ser razonable, pero mantenerla exige un plan temporal y una supervisión que no se relaje cuando la presión arterial empieza a mejorar.

La observación debe integrar el punto de inserción y el miembro completo. Los signos que deben hacer sospechar una extravasación incluyen:

1. Dolor o escozor nuevos, sobre todo si aparecen sin otro motivo durante una perfusión estable.

2. Edema localizado alrededor de la cánula o que progresa a lo largo del trayecto venoso.

3. Palidez, cambios de color o frialdad en la piel próxima al punto de inserción.

4. Resistencia inesperada al paso o alarmas repetidas de presión en la línea.

5. Humedad, desplazamiento o pérdida de fijación del apósito y del catéter.

6. Diferencia entre el efecto hemodinámico esperado y el funcionamiento aparente de la vía, especialmente si la presión arterial empeora sin una explicación clínica evidente.

No conviene esperar a que aparezca una lesión llamativa. La primera respuesta debe seguir el protocolo de extravasación de la unidad: detener la infusión por esa vía, mantener el acceso según las indicaciones locales para la posible aspiración del fármaco, obtener un nuevo acceso funcional y avisar al equipo responsable. Las medidas específicas posteriores, incluido el uso de tratamientos locales, deben ajustarse al procedimiento institucional y a la valoración clínica.

Aquí aparece una tensión asistencial que merece ser explicada al equipo: suspender una vía sospechosa no puede dejar al paciente sin vasopresor. La prevención de la lesión local y la continuidad de la reanimación hemodinámica tienen que planificarse juntas. Por eso es tan importante disponer de otro acceso antes de retirar el primero cuando la situación lo permite.

La monitorización no es mirar el monitor

El control de la noradrenalina periférica no consiste únicamente en revisar la presión arterial. Una PAM que alcanza el objetivo no confirma que el acceso esté funcionando correctamente. El paciente puede mejorar desde el punto de vista hemodinámico mientras comienza una infiltración local que todavía no ha sido detectada.

La vigilancia debe ser presencial y repetida, con una frecuencia definida por el protocolo local y adaptada al riesgo. El punto de inserción ha de quedar visible, no cubierto por mantas, férulas o sistemas que impidan observar cambios de color y volumen. La posición del miembro también debe protegerse: las flexiones mantenidas del codo pueden comprometer la estabilidad de la cánula y dificultar la inspección.

La comunicación durante los cambios de turno resulta decisiva. No basta con transmitir que el paciente recibe noradrenalina por vía periférica. Hay que dejar constancia de dónde está la vía, cuándo se colocó, cómo ha respondido, qué signos se han observado y cuál es el plan para el acceso definitivo.

Una transferencia útil puede incluir:

  • localización exacta y calibre del catéter;
  • hora de inicio de la perfusión;
  • estado de la piel y del tejido circundante;
  • permeabilidad observada y estabilidad de la fijación;
  • tendencia de la PAM y necesidad de ajuste del soporte;
  • previsión de continuidad por vía periférica o de canalización central;
  • instrucciones inmediatas ante sospecha de extravasación.

Este nivel de precisión reduce el riesgo de que la vía se convierta en un dato invisible dentro de una lista extensa de bombas y dispositivos. La seguridad depende tanto de la farmacología como de la memoria colectiva del equipo.

También conviene diferenciar dos problemas que a veces se mezclan. Una presión arterial que no mejora puede deberse a una dosis insuficiente, a una evolución del shock, a una medición poco fiable o a un problema de acceso. Si se atribuye todo al fármaco, se puede retrasar la detección de una infiltración. Si se atribuye todo a la vía, se puede ignorar la progresión de la disfunción multiorgánica. La valoración debe seguir siendo clínica y global.

Una perfusión periférica segura necesita dos vigilancias simultáneas: la del paciente y la del punto por el que recibe el tratamiento.

¿Cuándo pasar a un catéter venoso central?

No existe un límite universal de dosis máxima para la noradrenalina periférica aplicable a todas las UCI. Tampoco hay una duración única que obligue a retirar la perfusión periférica en cualquier hospital. Los protocolos institucionales varían y pueden establecer ventanas de seguridad diferentes, desde periodos relativamente cortos hasta varias horas de uso con vigilancia estricta.

Esta variabilidad no debe interpretarse como falta de criterio. Refleja que el riesgo depende de más variables que el reloj: la localización, el calibre, la estabilidad de la vía, la concentración utilizada, la respuesta del paciente, la necesidad de otros fármacos y la capacidad real de monitorización del entorno.

En términos de organización, la indicación de una vía central gana peso cuando:

  • el shock séptico mantiene una necesidad sostenida de vasopresores;
  • la perfusión va a prolongarse más allá del margen previsto por el protocolo local;
  • se necesitan varios fármacos vasoactivos o infusiones que no pueden compartir la misma línea;
  • los accesos periféricos disponibles son distales, frágiles o difíciles de vigilar;
  • existe deterioro de la vía, sospecha de extravasación o imposibilidad de garantizar una observación adecuada;
  • el paciente requiere un circuito invasivo más complejo para su evolución clínica.

La decisión, por lo tanto, no debería esperar a que la vía periférica falle. La canalización central puede planificarse mientras se inicia la noradrenalina periférica. Esa simultaneidad es la que convierte la estrategia en un puente y no en una improvisación.

En algunos pacientes el acceso central será necesario desde el principio por la gravedad, la complejidad del tratamiento o la disponibilidad de accesos seguros. En otros, la prioridad será recuperar la presión arterial media sin demoras y completar la centralización después. Ambas decisiones pueden ser correctas si están apoyadas en una valoración clínica y en un protocolo conocido.

El protocolo funciona cuando está diseñado para la guardia real

Un procedimiento demasiado largo, escondido en una carpeta o redactado con una precisión imposible de aplicar durante una emergencia no protege al paciente. La unidad necesita un circuito visible y entrenado, que contemple tanto la indicación como el seguimiento.

Ese circuito debería definir, al menos, los siguientes elementos:

  • qué profesionales pueden iniciar noradrenalina por vía periférica;
  • qué localizaciones y calibres se consideran aceptables;
  • cómo se comprueba y se fija el catéter;
  • cómo se identifica la línea de perfusión;
  • qué frecuencia de inspección se exige;
  • cuándo debe solicitarse una vía central;
  • qué signos obligan a detener la perfusión;
  • cómo se documenta y comunica una sospecha de extravasación;
  • qué material debe estar disponible para responder sin demora.

La formación no debería limitarse a una sesión teórica sobre vasopresores. Es más útil practicar escenarios de presión: una vía periférica proximal con mala fijación, un paciente que necesita movilización, una extravasación durante un cambio de turno o un deterioro hemodinámico mientras se intenta canalizar el acceso central. La ergonomía, la accesibilidad del material y la distribución de funciones forman parte de la seguridad clínica.

También hay una dimensión de cuidado integral que a veces queda fuera de los protocolos. El equipo que trabaja con shock séptico acumula decisiones rápidas, interrupciones y una carga emocional considerable. Si cada turno tiene que reinventar cómo se inicia, se vigila y se sustituye una perfusión periférica, el desgaste profesional aumenta y la variabilidad también. Un buen protocolo no solo protege al paciente: descarga al profesional de tener que negociar cada vez lo básico.

La revisión de los casos debería buscar fallos del sistema, no culpables individuales. Si una extravasación no se detectó durante un periodo prolongado, hay que preguntar si la vía estaba visible, si la responsabilidad estaba asignada, si el cambio de turno transmitió la información y si el personal tenía acceso al material de respuesta. Culpar automáticamente a quien estaba al lado de la cama puede cerrar el caso en falso y dejar intacta la causa.

Una decisión clínica que también es una decisión de equipo

La discusión sobre noradrenalina periférica o vía central en shock séptico suele presentarse como una elección técnica. En realidad, incluye una decisión de gestión de recursos: quién canaliza, quién vigila, quién prepara el acceso central, quién comunica los cambios y cómo se sostiene el cuidado mientras todos esos procesos ocurren a la vez.

La vía periférica permite acortar el tiempo hasta el vasopresor y puede ser la opción más prudente cuando esperar al catéter central prolongaría una hipotensión relevante. La vía central proporciona continuidad y versatilidad cuando la necesidad de soporte se mantiene o el tratamiento se vuelve más complejo. No son estrategias enemigas; son momentos diferentes de un mismo plan de reanimación.

La seguridad de la noradrenalina periférica descansa en una combinación concreta: acceso proximal, calibre adecuado, fijación estable, inspección frecuente, respuesta protocolizada ante la extravasación y transición al acceso central cuando la evolución lo exige. Si falta una de esas piezas, el riesgo no desaparece porque el resto esté bien ejecutado.

Mi recomendación para las unidades es sencilla, aunque no necesariamente fácil de implantar: acordar de antemano qué se hará durante la primera hora de un shock séptico con hipotensión persistente. El paciente no debería esperar a que el sistema decida si la vía periférica es una excepción. Debería existir un camino seguro para iniciar el tratamiento, vigilarlo y avanzar hacia el acceso definitivo sin perder tiempo ni atención.

La mejora continua no consiste en elegir una vía para todos los pacientes. Consiste en lograr que cada elección sea rápida, razonada y reversible, con un equipo capaz de reconocer cuándo el puente periférico ha cumplido su función y es el momento de cruzar al acceso central.

Preguntas frecuentes

¿Es seguro administrar noradrenalina por vía periférica en pacientes con shock séptico?
Sí, puede ser una medida inicial segura y eficaz para restaurar la presión arterial media sin retrasar el tratamiento, siempre que se utilice un acceso adecuado, se fije correctamente y se realice una vigilancia frecuente.
¿Qué venas son las más adecuadas para la perfusión periférica de noradrenalina?
La localización preferente es la fosa cubital o regiones proximales. Se recomienda evitar las venas del dorso de la mano, las zonas distales y las extremidades inferiores.
¿Qué calibre de catéter se recomienda para la noradrenalina periférica?
Se recomienda utilizar un catéter de calibre 18G o superior, asegurando siempre una fijación estable y una correcta permeabilidad de la vía.
¿Cuáles son los signos de alerta ante una posible extravasación?
Se debe sospechar extravasación ante la aparición de dolor o escozor, edema localizado, cambios de color o frialdad en la piel, resistencia al paso de la perfusión o pérdida de fijación del catéter.
¿Cuándo es necesario cambiar a un catéter venoso central?
El acceso central es necesario cuando el shock requiere soporte vasopresor prolongado, se necesitan múltiples infusiones incompatibles, los accesos periféricos son frágiles o difíciles de vigilar, o cuando el protocolo local establece el fin del periodo de transición.