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Biomarcadores de sepsis: fiabilidad diagnóstica en el paciente inmunodeprimido

Usar la procalcitonina como un interruptor binario —por encima de 0,5 ng/ml hay sepsis bacteriana; por debajo, se descarta— sigue siendo una práctica bastante extendida. También es una práctica metodológicamente débil.

Actualizado16 de septiembre de 2026
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Biomarcadores de sepsis: fiabilidad diagnóstica en el paciente inmunodeprimido

En el paciente inmunodeprimido, un biomarcador no se interpreta en el vacío: la neutropenia, el trasplante, la quimioterapia, los corticoides y la localización de la infección alteran la respuesta inflamatoria y modifican el rendimiento diagnóstico de las pruebas.

La utilidad de los biomarcadores de sepsis en pacientes inmunodeprimidos es real, pero más limitada y más contextual de lo que sugieren algunos protocolos simplificados. La procalcitonina (PCT), la proteína C reactiva (PCR) y la razón entre neutrófilos y linfocitos (NLR) pueden ayudar a ordenar probabilidades, anticipar gravedad o acompañar la reevaluación del foco. No sustituyen la exploración clínica, los hemocultivos ni el estudio microbiológico. Y, en determinados escenarios, un resultado bajo puede ser tranquilizador en apariencia sin serlo en términos de seguridad clínica.

La respuesta inflamatoria está alterada antes de medirla

El diagnóstico de sepsis en un paciente inmunocomprometido parte de una dificultad que a menudo se infravalora: los signos que se utilizan para sospechar infección grave dependen, en buena medida, de una respuesta inmunitaria capaz de expresarse. Fiebre, leucocitosis, elevación de reactantes de fase aguda o taquicardia pueden aparecer de forma atenuada, tardía o estar enmascarados por el tratamiento de base.

En una persona con neutropenia febril, por ejemplo, la ausencia de leucocitosis no aporta la misma información que en un paciente inmunocompetente. En un receptor de trasplante, la inmunosupresión farmacológica puede modificar la producción de citocinas y la respuesta sistémica. Los corticoides introducen además un sesgo clínico conocido: pueden alterar la temperatura, el recuento leucocitario y la expresión general del deterioro.

Esto no convierte a la sepsis en una entidad imposible de diagnosticar. Sí obliga a trabajar con una probabilidad previa distinta. La misma concentración de PCT puede tener un significado diferente en un paciente con shock, neutropenia profunda, candidemia sospechada o infección localizada sin bacteriemia.

La consecuencia práctica es incómoda para los algoritmos demasiado rígidos: el biomarcador no corrige una mala estimación clínica de partida. Si la probabilidad pretest es alta, un valor moderado de PCT no transforma mágicamente el caso en una infección de bajo riesgo. Si la probabilidad es baja, una elevación aislada tampoco convierte el resultado en una confirmación etiológica.

En el paciente inmunodeprimido, el problema no es encontrar un número mágico, sino saber cuánto puede desviarse ese número de la realidad clínica.

Procalcitonina: buen sensor dinámico, prueba diagnóstica imperfecta

La procalcitonina suele recibir una consideración especial porque presenta una biocinética más precoz en la infección bacteriana sistémica y desciende con mayor rapidez tras el control del foco que la proteína C reactiva. Esa dinámica puede ser útil en la reevaluación seriada. Sin embargo, la velocidad de cambio no debe confundirse con especificidad diagnóstica.

En pacientes inmunocomprometidos críticos con sospecha de sepsis, una concentración de PCT superior a 0,5 ng/ml el primer día mostró una sensibilidad del 100 % y una especificidad del 63 % para sepsis bacteriana. El dato parece contundente hasta que se observa la segunda mitad de la ecuación: con una especificidad del 63 %, una proporción relevante de pacientes sin sepsis bacteriana también puede superar ese umbral.

La prueba, por tanto, parece más útil para apoyar una estrategia de exclusión en un contexto concreto que para identificar por sí sola la etiología. Incluso esa lectura requiere prudencia. Una sensibilidad del 100 % en un estudio no significa que el umbral garantice una seguridad equivalente en todas las UCI, poblaciones inmunodeprimidas o fases temporales de la infección. El tamaño de la cohorte, la definición utilizada para sepsis, la selección de pacientes y la prevalencia de bacteriemia afectan directamente al valor predictivo.

Qué puede aportar un valor superior a 0,5 ng/ml

Una PCT por encima de 0,5 ng/ml aumenta la sospecha de infección bacteriana sistémica, sobre todo si se acompaña de deterioro hemodinámico, disfunción orgánica, foco compatible o resultados microbiológicos concordantes. No demuestra por sí sola bacteriemia ni permite decidir qué antibiótico es adecuado.

La elevación puede verse afectada por situaciones no estrictamente equivalentes a una sepsis bacteriana. En el paciente crítico, la cirugía reciente, el trauma, determinados estados inflamatorios y la disfunción orgánica pueden modificar las concentraciones. En el inmunodeprimido se añade una fuente de variabilidad: la respuesta puede ser insuficiente respecto a la carga infecciosa o a la gravedad del foco.

Por eso el dato debe leerse en relación con:

  • La trayectoria clínica durante las primeras horas, no solo con una determinación aislada.
  • La presencia de shock, hipoperfusión o disfunción de órganos.
  • La exposición reciente a antibióticos, que puede reducir el rendimiento de los cultivos y modificar la evolución de la PCT.
  • El tipo de inmunosupresión: neutropenia, trasplante, tratamiento con corticoides o terapias dirigidas no producen el mismo contexto biológico.
  • La posibilidad de infección localizada, fúngica o viral, en la que la PCT puede comportarse de manera diferente.

Un descenso progresivo después del control del foco puede reforzar la impresión de respuesta terapéutica. Pero tampoco funciona como certificado de curación. Si el paciente continúa con inestabilidad, hipoxemia, deterioro renal o alteración neurológica, la tendencia del biomarcador debe quedar subordinada al estado clínico.

El error de interpretar el umbral como una frontera biológica

Los puntos de corte son herramientas estadísticas, no fronteras fisiológicas. Un valor de 0,49 ng/ml y otro de 0,51 ng/ml no representan dos enfermedades distintas. La separación es operativa, derivada de una curva ROC y de un equilibrio entre sensibilidad y especificidad que puede cambiar según la cohorte.

La utilidad de la procalcitonina en inmunosupresión también depende del momento de la extracción. En neutropenia febril tras un trasplante de progenitores hematopoyéticos, el punto de corte de 0,5 ng/ml alcanzó una sensibilidad del 66 % y una especificidad del 75 % el segundo día después del inicio de la fiebre. Ese rendimiento es claramente menos tranquilizador que el observado en otras cohortes de pacientes críticos.

La diferencia no es un detalle estadístico. Significa que el mismo umbral puede ofrecer una capacidad de detección muy distinta según el escenario. El momento clínico, el tipo de huésped y la definición de infección introducen heterogeneidad suficiente como para cuestionar los algoritmos universales.

Proteína C reactiva: más lenta, pero no irrelevante

La proteína C reactiva suele elevarse con una cinética más tardía que la PCT. Esa demora puede reducir su valor en la primera evaluación de un paciente que acaba de deteriorarse, aunque la convierte en un marcador útil para observar tendencias. La PCR tampoco es específica de infección: cirugía, lesión tisular, inflamación tumoral y otras condiciones frecuentes en pacientes oncohematológicos pueden elevarla.

En neutropenia febril tras un trasplante de progenitores hematopoyéticos, un punto de corte de PCR de 7,5 mg/L mostró una sensibilidad del 88 % y una especificidad del 58 %. De nuevo, la sensibilidad puede resultar atractiva, pero la especificidad limita la capacidad de separar infección bacteriana de inflamación no infecciosa.

La PCR tiene además un problema conceptual cuando se utiliza como sinónimo de actividad infecciosa: puede permanecer elevada aunque el foco ya esté controlado y puede no reflejar con rapidez un nuevo deterioro. Una única concentración aporta menos información que la evolución en serie, siempre que las extracciones se interpreten junto con el curso clínico y las intervenciones realizadas.

La comparación entre PCT y PCR no debería plantearse como una competición para decidir cuál es el biomarcador ganador. Son señales con tiempos de respuesta y fuentes de variabilidad diferentes:

ParámetroProcalcitoninaProteína C reactiva
CinéticaElevación más precoz en la infección bacteriana sistémicaRespuesta generalmente más lenta
DescensoPuede disminuir antes tras el control del focoPuede mantenerse elevada durante más tiempo
EspecificidadLimitada en el paciente crítico e inmunodeprimidoLimitada por inflamación, cirugía y enfermedad tumoral
Utilidad principalApoyar la probabilidad de infección bacteriana y seguir la respuestaValorar tendencia inflamatoria y evolución temporal
Riesgo de sobreinterpretaciónConvertir un umbral en una regla de exclusiónConfundir inflamación persistente con infección activa

El valor de la PCR aumenta cuando se integra con una secuencia temporal razonable. Una concentración ascendente durante la persistencia de fiebre, empeoramiento respiratorio o nueva disfunción orgánica refuerza la necesidad de reevaluar el foco. Una cifra elevada pero estable, en cambio, puede representar una inflamación residual, una complicación no infecciosa o una infección que no está siendo controlada. El biomarcador plantea la pregunta; no decide cuál de esas hipótesis es correcta.

Bacteriemia frente a candidemia: la diferencia que los promedios pueden ocultar

Uno de los usos más interesantes de estos marcadores es la exploración de patrones que orienten el diagnóstico diferencial entre bacteriemia e infección fúngica. Los datos disponibles apuntan a que los valores plasmáticos de PCT, PCR y NLR pueden ser significativamente menores en la candidemia que en la bacteriemia.

En una comparación, la mediana de PCT fue de 0,29 ng/ml en candidemia frente a 1,73 ng/ml en bacteriemia. La mediana de PCR fue de 6,3 mg/dl frente a 19 mg/dl, respectivamente. Estos resultados son clínicamente sugerentes, pero no autorizan a descartar candidemia cuando la PCT es baja. Precisamente en el paciente inmunodeprimido, una respuesta inflamatoria menos intensa puede coexistir con una infección invasiva de alta gravedad.

La diferencia de medianas sirve para describir una población. No ofrece una clasificación perfecta para el individuo. Las distribuciones se solapan, las candidemias pueden presentarse con distintos grados de carga y respuesta inflamatoria, y los antibióticos previos pueden modificar la presentación de las bacteriemias. Además, el momento de la toma y el estado de disfunción orgánica afectan a las concentraciones.

La tentación de usar la PCT baja como argumento contra el tratamiento antifúngico resulta comprensible, pero es cuestionable si se apoya exclusivamente en el marcador. En un paciente con factores de riesgo para candidemia, catéter vascular, nutrición parenteral, cirugía abdominal, colonización relevante o deterioro persistente sin foco bacteriano claro, la PCT debe contribuir al razonamiento, no cerrar el caso.

El modelo combinado mejora la discriminación, no elimina la incertidumbre

La combinación de PCT, PCR y NLR mostró un área bajo la curva ROC de 0,88 para diferenciar candidemia de bacteriemia en los datos disponibles. Es un resultado prometedor desde el punto de vista de la discriminación estadística. También es un buen ejemplo de cómo una cifra técnicamente atractiva puede generar expectativas excesivas si se separa de su contexto.

Un AUC de 0,88 indica que el modelo ordena razonablemente bien a los pacientes según su probabilidad relativa dentro de la cohorte estudiada. No significa que el 88 % de los casos quede diagnosticado correctamente en la práctica, ni que el modelo mantenga el mismo rendimiento en otra UCI, con otra prevalencia de candidemia o con pacientes sometidos a distintos tratamientos inmunosupresores.

La validación externa es el punto que suele desaparecer cuando un modelo biomarcador llega a la conversación clínica. El rendimiento puede caer por cambios en:

  • La prevalencia local de bacterias multirresistentes y Candida.
  • La proporción de pacientes neutropénicos frente a receptores de órgano sólido.
  • La frecuencia de exposición previa a antibióticos o antifúngicos.
  • Los criterios utilizados para definir candidemia y bacteriemia.
  • La disponibilidad y el momento de los hemocultivos.
  • La gravedad basal y la proporción de pacientes con shock séptico.
Un modelo combinado puede mejorar la discriminación estadística y seguir siendo insuficiente para retirar tratamiento a un paciente de alto riesgo.

En términos prácticos, el modelo puede ayudar a priorizar pruebas, intensificar la búsqueda del foco o decidir qué hipótesis merece una reevaluación más urgente. Su papel es menos sólido cuando se pretende convertirlo en una autorización automática para no iniciar, retirar o modificar un tratamiento antiinfeccioso sin microbiología y sin valoración del foco.

Neutropenia febril: el biomarcador llega a un terreno especialmente hostil

La neutropenia febril es uno de los escenarios donde la utilidad de la procalcitonina suele discutirse con más intensidad. El paciente puede presentar una infección grave con una respuesta celular limitada, mientras que la fiebre puede tener causas inflamatorias, farmacológicas o relacionadas con la propia enfermedad. Esa superposición reduce la especificidad de cualquier marcador aislado.

En niños oncohematológicos con neutropenia febril, los niveles de PCT fueron significativamente mayores en quienes desarrollaron shock séptico que en los pacientes con sepsis o fiebre sin foco infeccioso documentado. El hallazgo sugiere una relación entre concentraciones más elevadas y mayor gravedad hemodinámica, aunque no resuelve el diagnóstico inicial ni permite trasladar de forma automática los resultados pediátricos a adultos.

La distinción entre infección documentada, sepsis y shock séptico también importa. Un biomarcador puede asociarse con gravedad sin discriminar adecuadamente la etiología. PCT más alta en el shock no equivale a una prueba específica para bacteriemia; puede reflejar una respuesta sistémica más intensa, una mayor carga inflamatoria o una disfunción orgánica avanzada.

En un paciente neutropénico, la interpretación razonable debería seguir una secuencia clínica:

1. Estimar el riesgo basal antes de mirar la cifra. El tipo de neoplasia, la duración prevista de la neutropenia, el trasplante, la profilaxis antiinfecciosa y la presencia de catéter cambian la probabilidad inicial.

2. Buscar disfunción orgánica aunque la respuesta inflamatoria sea discreta. Hipotensión, hipoxemia, oliguria, alteración del nivel de conciencia o aumento del lactato pueden tener mayor peso que una PCT baja.

3. Obtener las muestras microbiológicas sin convertir el biomarcador en sustituto. Los hemocultivos y el estudio dirigido del foco siguen siendo esenciales, incluso cuando la concentración de PCT parece poco preocupante.

4. Usar la tendencia como complemento. La evolución de PCT y PCR puede aportar información en la reevaluación, particularmente si existe una intervención clara sobre el foco y se conoce el momento de cada extracción.

5. Revisar la hipótesis si la evolución no encaja. Fiebre persistente, nueva inestabilidad o disfunción orgánica progresiva obligan a reconsiderar bacterias, hongos, virus, toxicidad farmacológica y causas no infecciosas.

La pregunta no es si la PCT funciona o no funciona en neutropenia febril. Esa formulación binaria reproduce el mismo error que pretende evitar. La cuestión pertinente es qué rendimiento ofrece en un subgrupo determinado, en qué momento y para qué decisión concreta.

Del resultado a la decisión: dónde aporta valor y dónde puede inducir sesgo

Los biomarcadores son más útiles cuando responden a una pregunta clínica específica. Pedir una PCT para completar el panel inflamatorio, sin definir qué decisión podría modificar, favorece la lectura retrospectiva y el sesgo de confirmación. Después, cualquier resultado se incorpora a una historia que ya estaba construida.

Hay cuatro usos razonables, aunque ninguno es autosuficiente:

  • Refinar la probabilidad de infección bacteriana sistémica. Una PCT elevada en un paciente con deterioro compatible puede reforzar la hipótesis, pero la especificidad reducida impide considerarla una confirmación independiente.
  • Apoyar la reevaluación tras iniciar tratamiento. Una tendencia descendente puede ser compatible con control del foco, siempre que la situación clínica también mejore.
  • Contribuir a distinguir patrones bacterianos y fúngicos. Las medianas más bajas observadas en candidemia son una señal para no asumir que toda infección invasiva producirá una gran elevación de PCT.
  • Estratificar gravedad. En algunos grupos, concentraciones más altas se relacionan con shock séptico, aunque el marcador no reemplaza la evaluación de perfusión ni de disfunción orgánica.

Lo que resulta menos defendible es usar un único valor para:

  • Excluir infección focal bacteriana.
  • Descartar candidemia.
  • Sustituir hemocultivos o pruebas microbiológicas.
  • Decidir de forma automática la retirada de antibióticos.
  • Aplicar el mismo umbral a pacientes inmunocompetentes, neutropénicos y trasplantados.
  • Inferir que una cifra baja equivale a bajo riesgo cuando existe deterioro clínico.

La interpretación bayesiana no necesita convertirse en una clase abstracta de estadística. Basta con recordar que el valor predictivo depende de la prevalencia y de la probabilidad previa. Un marcador con buena sensibilidad en una cohorte puede tener un valor predictivo negativo menos tranquilizador en una población con alta prevalencia de infección grave. Del mismo modo, una especificidad moderada genera falsos positivos cuando se utiliza como prueba de confirmación.

Biomarcadores y microbiología deben trabajar en paralelo

La presión asistencial favorece las respuestas rápidas. La PCT está disponible antes que muchos cultivos y puede repetirse con facilidad. Esa ventaja logística explica parte de su atractivo. Pero la rapidez no convierte una señal indirecta en identificación microbiológica.

Los hemocultivos pueden ser negativos por antibióticos previos, bajo volumen de muestra, fungemia intermitente o infección localizada sin paso detectable a sangre. Un resultado negativo tampoco clausura el razonamiento. La PCT, por su parte, puede elevarse sin que exista una bacteriemia demostrable. Ambos datos tienen limitaciones distintas y no deben utilizarse para invalidarse mutuamente.

En el paciente inmunodeprimido, el diagnóstico exige coordinar varias capas de información:

  • Clínica: evolución de la fiebre, perfusión, respiración, estado neurológico y signos de foco.
  • Analítica: PCT, PCR, hemograma, función renal, hepática y marcadores de hipoperfusión cuando proceda.
  • Microbiología: hemocultivos, cultivos del foco, pruebas moleculares y estudios para hongos según el riesgo.
  • Imagen: radiología y técnicas dirigidas cuando la clínica sugiera una localización concreta.
  • Contexto terapéutico: antibióticos, profilaxis, inmunosupresión, procedimientos recientes y dispositivos invasivos.

La utilidad de la PCT aumenta cuando se integra en una decisión previamente definida: iniciar una reevaluación, ampliar el estudio, valorar la respuesta o discutir una desescalada en un paciente clínicamente estable. Disminuye cuando se transforma en una cifra autónoma que pretende resolver una incertidumbre que el marcador no puede resolver.

Una lectura más rigurosa de los números

La presentación de los resultados suele ser determinante. Decir que una prueba tiene una sensibilidad del 100 % puede producir una confianza desproporcionada si se omite la especificidad del 63 %, la población estudiada y el momento de la extracción. Del mismo modo, comunicar un AUC de 0,88 sin explicar la validación del modelo transmite una precisión que quizá no exista fuera de la cohorte original.

El lector clínico debería hacerse unas preguntas sencillas antes de incorporar un biomarcador a un protocolo local:

  • ¿Qué población se estudió: pacientes críticos generales, neutropénicos, trasplantados o una mezcla?
  • ¿La muestra se obtuvo al inicio de la fiebre, al ingreso en UCI o después de comenzar el tratamiento?
  • ¿Qué definición de sepsis o infección bacteriana utilizó el estudio?
  • ¿El desenlace fue mortalidad, bacteriemia, candidemia, shock o una combinación?
  • ¿El punto de corte fue preespecificado o seleccionado a partir de la misma cohorte?
  • ¿Existe validación externa en una población con epidemiología comparable?
  • ¿Qué decisión clínica mejora realmente al añadir el biomarcador?
  • ¿Qué riesgo introduce un falso negativo en ese paciente concreto?

Estas preguntas no son burocracia metodológica. Son la diferencia entre aplicar evidencia y reproducir un número fuera de su entorno.

La literatura sobre biomarcadores en inmunosupresión sigue marcada por cohortes relativamente heterogéneas, tamaños muestrales limitados y definiciones variables. La comparación entre PCT, PCR, NLR y marcadores emergentes como la presepsina o la proteína pancreática asociada a la pancreatitis continúa sin ofrecer un umbral universal con rendimiento estable en todos los subgrupos de trasplante y tratamiento inmunosupresor. Presentar esa incertidumbre no debilita el argumento clínico; lo hace más honesto.

El lugar de la procalcitonina en la UCI

La PCT tiene un lugar razonable en la medicina intensiva, especialmente como herramienta dinámica y como pieza de una evaluación multimodal. Su mayor valor aparece cuando se observa la dirección del cambio y se conoce qué intervención se ha realizado sobre el foco. Un descenso tras drenaje, retirada de un dispositivo infectado o control de una neumonía puede ser coherente con respuesta, aunque la concordancia clínica debe confirmarse.

Su rendimiento es más problemático cuando se utiliza en los primeros momentos de una infección focal, en infecciones fúngicas o en pacientes cuya inmunosupresión limita la respuesta sistémica. También hay que evitar la lectura mecanicista de la cinética: el descenso no asegura que todos los focos estén controlados, del mismo modo que una elevación persistente no demuestra por sí sola fracaso antibiótico. La farmacocinética, la función renal y la evolución de la enfermedad crítica pueden intervenir en esa trayectoria.

En la práctica, un biomarcador bien utilizado no elimina el juicio clínico: lo obliga a ser explícito. Si se decide continuar un tratamiento pese a una PCT baja, debe quedar claro que la decisión se apoya en el riesgo basal, la disfunción orgánica o el foco sospechado. Si se plantea desescalar con una PCT descendente, la estabilidad hemodinámica, la microbiología y la evolución respiratoria deben formar parte del mismo razonamiento.

La cuestión pendiente: menos antibiótico, pero con qué seguridad

La promesa de los biomarcadores de sepsis en pacientes inmunodeprimidos es atractiva: detectar antes la infección relevante, distinguir bacterias de hongos, anticipar el shock y reducir la exposición antimicrobiana innecesaria. La dificultad reside en que cada objetivo requiere una validación distinta. Un marcador que discrimina gravedad no necesariamente sirve para retirar antibióticos. Un modelo con buen AUC no necesariamente mejora la mortalidad. Una PCT baja no ofrece la misma seguridad en un paciente estable que en uno con deterioro multiorgánico incipiente.

La medicina intensiva ha aprendido, con cierto retraso, a desconfiar de los umbrales presentados como verdades universales. En inmunosupresión esa cautela es todavía más necesaria. La PCT y la PCR aportan información, pero su significado depende del huésped, del foco, del momento y de la decisión que se pretende tomar. La candidemia puede cursar con valores inferiores a los de la bacteriemia; la neutropenia puede limitar la respuesta; y la especificidad reducida convierte muchas elevaciones en señales de alarma, no en diagnósticos.

El futuro probablemente no pase por sustituir la valoración clínica por un biomarcador aislado, sino por construir modelos mejor calibrados, validados en poblaciones concretas y conectados con decisiones clínicas verificables. La pregunta abierta es si esos modelos conseguirán algo más que ordenar estadísticamente la incertidumbre: ¿podrán guiar una desescalada antimicrobiana segura en el paciente inmunodeprimido sin convertir el riesgo de una infección omitida en el coste oculto del algoritmo?

Preguntas frecuentes

¿Es fiable la procalcitonina para descartar sepsis en pacientes inmunodeprimidos?
No es una prueba definitiva. Su rendimiento diagnóstico es limitado y contextual, ya que la inmunosupresión puede alterar la respuesta inflamatoria y generar resultados que no reflejan la gravedad real de la infección.
¿Qué significa un valor de procalcitonina superior a 0,5 ng/ml?
Aumenta la sospecha de infección bacteriana sistémica, pero no confirma por sí sola la presencia de bacteriemia ni determina el antibiótico adecuado, ya que puede elevarse por otras causas como cirugía, trauma o disfunción orgánica.
¿Pueden los biomarcadores distinguir entre bacteriemia y candidemia?
Aunque los valores de procalcitonina, proteína C reactiva y la razón entre neutrófilos y linfocitos suelen ser menores en la candidemia que en la bacteriemia, los rangos se solapan y no permiten descartar una infección fúngica basándose únicamente en estas cifras.
¿Es útil la proteína C reactiva para diagnosticar sepsis?
Es un marcador útil para observar tendencias inflamatorias, pero su cinética es más lenta que la de la procalcitonina y su especificidad es baja, ya que puede elevarse por inflamación no infecciosa, cirugía o enfermedad tumoral.
¿Se puede usar la procalcitonina para decidir la retirada de antibióticos?
No de forma automática. La decisión de desescalar o retirar antibióticos debe basarse en la estabilidad clínica, la evolución de los cultivos microbiológicos y la respuesta del foco infeccioso, utilizando el biomarcador solo como un complemento informativo.

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