Nuevo marco clínico para la sepsis en infecciones emergentes y endémicas
Un artículo de consenso internacional publicado en The Lancet Infectious Diseases propone crear una clasificación diferencial para lo que sus autores denominan sepsis asociada a enfermedades infecciosas emergentes y endémicas (SEEID).

Sepsis y patógenos emergentes: ¿basta la definición clásica cuando el agente no sigue el guion?
Según el documento, estas patologías presentan trayectorias fisiopatológicas singulares que exceden los esquemas habituales de la sepsis clásica y demandarían guías terapéuticas específicas en el ámbito de cuidados críticos. La iniciativa, sin embargo, llega cuando la comunidad intensivista aún debate los límites operativos de los criterios Sepsis-3.
Una taxonomía que la práctica ya reclamaba
El planteamiento no es menor. En la rutina diaria de una UCI polivalente, manejamos la sepsis como un constructo fisiopatológico relativamente homogéneo: disfunción orgánica secundaria a una respuesta desregulada ante la infección. Las guías Surviving Sepsis Campaign se han diseñado bajo esa premisa —y con resultados discutibles en ciertos subgrupos. Sin embargo, patógenos como el virus Nipah, Candida auris o determinados arbovirus desencadenan cascadas inflamatorias con cinéticas y perfiles de daño tisular que poco tienen que ver con la bacteriemia clásica por gramnegativos multirresistentes.
La propuesta de los autores apunta precisamente a ese vacío: si la fisiopatología es distinta, ¿por qué insistimos en aplicar protocolos terapéuticos diseñados para otra realidad? Paradójicamente, buena parte de la evidencia que sustenta el manejo inicial de la sepsis —desde la reanimación con cristaloides hasta el timing de los antibióticos de amplio espectro— proviene de cohortes donde las SEEID están infrarrepresentadas o directamente ausentes.
El problema metodológico que subyace
Aquí reside el meollo del asunto. Crear una categoría diferencial suena razonable sobre el papel, pero la base de evidencia que la sostiene es, en el mejor de los casos, preliminar. Muchas de estas enfermedades emergentes se caracterizan por brotes esporádicos, muestras clínicas pequeñas y una variabilidad geográfica que dificulta cualquier comparación robusta. ¿Con qué p-valor respaldamos protocolos específicos cuando la cohorte disponible es de unas pocas decenas de pacientes en contextos asistenciales heterogéneos?
No se trata de negar la necesidad —las diferencias fisiopatológicas parecen reales— sino de cuestionar la velocidad con la que ciertos marcos clasificatorios se institucionalizan sin el respaldo de ensayos controlados. Ya lo vimos con los criterios de sepsis neonatal, donde la taxonomía se adelantó a la evidencia durante años.
Lo que debería vigilarse
La comunidad de medicina intensiva debería seguir de cerca la evolución de esta propuesta, especialmente en tres frentes: primero, si genera consenso real entre las principales sociedades científicas o se queda en posicionamiento editorial; segundo, si los grupos implicados diseñan estudios prospectivos que comparen el manejo «genérico» frente al específico para SEEID; y tercero, cómo afectaría a los recursos de las UCI —ya de por sí saturadas— la necesidad de aplicar vías terapéuticas diferenciadas según el agente causal, algo que no siempre se conoce con certeza al ingreso.
Porque al final, la pregunta que queda abierta es si estamos ante un cambio de paradigma necesario o ante otra taxonomía que llega antes que la evidencia que debería sustentarla. En sepsis, por desgracia, no sería la primera vez.